Desde hace algunos días, aquí en el trabajo han tenido que poner trampas para ratón por todas partes. Son unas plaquitas de plástico que tienen una cosa supermegapegajosa encima, de tal manera que un solo pelito de animal que se atore ahí y colorín colorado para el desafortunado.
Hoy en la tarde había unos chilliditos por fuera del baño de mujeres (de por ahí es de donde salen más ratones, no sé por qué). Yo iba pasando y al principio pensé que había pisado a una rata, pero luego volteé al piso y estaba un pequeño ratoncito café atrapado en la cosa esa, llorando e intentando escapar. Me pidieron que lo tomara y lo tirara a la basura, así nada más, pero obviamente no pude hacerle eso -
que si se pudiera despegar sin dañarlo casi me lo llevo a la casa-. Entonces el vendedor más antiguo, un señor super macho y super Sonorense de casi 60 años, agarró una varilla de fierro y de un chingazo le quitó la vida, frente a mis ojos. Y cesaron los chilliditos y ni siquiera terminó de comerse la galleta María que fue su cebo y la atracción que provocó su muerte.
Todo esto me recordó que cuando éramos
plebes jugábamos con las gallinas en el rancho. Bueno, jugar es mucho decir. Simplemente las correteábamos dentro del gallinero y esperábamos a que pusieran huevos y las levantábamos y hacíamos vocecitas y creo que era todo. Hasta un buen día en el que a las tías se les ocurrió hacer no-recuerdo-qué-platillo cuyo ingrediente principal es gallina, y decidieron que ya estábamos grandes para presenciar la cruda y sanguinaria degollación. Grandes, cabe mencionar, como ellas lo estuvieron también a los cuatro o cinco años, porque en el pueblo y en sus tiempos así se usaba. Entonces mi tía, la más robusta y la más entregada a la cocina me dijo "traime una gallina mijito", y yo sin saber qué ocurría le lleve a mi favorita. La tomó y nos pidió que nos hiciéramos para atrás, y yo con una sonrisa di unos brincos hacia atrás esperando alguna gracia o truco de magia o algo así. Lentamente se esfumó mi sonrisa y se convirtió en un hueco cuando en un ligero y rápido movimiento la tomó con la mano derecha de la cabeza y le dio un par de vueltas en el aire, y ante nuestro asombro y dejándonos mudos y traumatizados por un par de horas, procedió a pisar la cabeza con el pie y jalar con las manos el resto del cuerpo.
En mis recuerdos, la sangre brotó tal cual las escenas de Kill Bill mientras el cuerpo de la Abigail corría su última corrida por la tierra, dando tumbos sin cabeza y sin dirección. ¿Lloramos? Creo que no, pero no estoy seguro. Lo que sí recuerdo es no haber comido nada hasta el siguiente día.