La perdoné. No recuerdo cuántos años tenía ya desde que no podía siquiera verla. Tampoco recuerdo por qué, pero seguramente mucho tuvo que ver mi forma de ser: me agarran rachas y de repente todo me molesta o me da asco o así, sin motivos particularmente válidos. Pero lo que sí recuerdo que es me inquietaba ver cómo la gente arruinaba sus quesadillas, dogos, huevos... mierda, hasta la sopa de fideos. Yo siempre prefería cualquiera que fuera natural, incluso casera, no importa. Me molestaba su forma de ser tan ácida y ese color que tiene tan sintético.
En fin, se puede decir que de cierta forma me vi en la necesidad de perdonarla parcialmente. Eso fue más o menos a mitad de la carrera, en esas juntadas para hacer tareas y estudiar toda la noche, donde a todos mis compañeros de estudio les encantaba botanear con ella y no me quedaba otra opción más que aguantarme y soportarla. Pero hasta ahí había dejado que entrara en mi vida desde entonces, muy ocasionalmente.
Hasta hace poco, que en un estado tóxico de ebriedad la vi ahí en la cocina, inerte, sin hacerle daño a nadie mientras yo devoraba una quesadilla. Y como en ese momento me sentía complaciente y piadoso -de nuevo, efectos del alcohol- decidí darle una oportunidad. Así que la tomé y eché unas gotas justo donde venía la siguiente mordida. Y así como me pasa con muchas comidas, resulta que no estaba tan mal. Mi instinto todavía me hace dudarla, pero por lo menos ya no me pongo iracundo a su alrededor.
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