Los Rikis vivían en una casa muy cerca de aquí. Yo no la conozco, pero dicen los pocos que se han aventurado que sus condiciones de vida eran únicas. No comían otra cosa que no fueran sopas instantáneas y pan con jamón y queso. Su cama era un colchón negro y endurecido por grasa y suciedad, y su lámpara del buró era una botella casi vacía de licor.
En realidad puede que nada de esto sea cierto, pero lo más probable es que sí. El Rikito ya estaba muy enfermo, y sabía que si seguía por el mismo camino, más temprano que tarde se llegaría este día. Me pregunto cómo cambiarán las cosas en adelante para su papá, sus compañeros de trabajo, y (tal vez) ese hijo que alguna vez me tocó escuchar que tuvo en su juventud.
Lo que sí puedo afirmar con seguridad, es que fue muy fiel y siempre hacía su trabajo. Siempre.
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